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Por qué los gatos casi siempre caen de pie

Un reflejo que aparece en las primeras semanas de vida y un truco de física permiten al gato girar en el aire sin tener dónde apoyarse. Pero caer de pie no significa caer sin lastimarse: las caídas desde ventanas y balcones hieren a muchos gatos cada año.

Redacción Curious Mundi · 3 de noviembre de 2026

Ilustración de un gato naranja sonriente en el aire, con una flecha curva que indica giro, sobre un cojín rojo.

Suelte un gato boca arriba desde una altura razonable y casi con seguridad aterrizará sobre sus cuatro patas. Detrás de ella hay un reflejo sofisticado y una solución elegante a un problema de física que intrigó a los científicos a fines del siglo XIX. Y también hay una advertencia importante: caer de pie no es lo mismo que salir ileso.

Un reflejo que surge en las primeras semanas

El movimiento tiene nombre: reflejo de enderezamiento. Empieza a aparecer cuando el gatito tiene unas 3 o 4 semanas y suele estar perfeccionado entre las 6 y las 9 semanas. Depende del sistema vestibular, la parte del oído interno que percibe el equilibrio y la orientación de la cabeza, y también de la vista. En cuanto nota que está boca abajo, el cuerpo inicia una secuencia automática de movimientos.

El enigma físico: girar sin tener dónde apoyarse

En 1894, el científico francés Étienne-Jules Marey fotografió la caída de un gato con una técnica llamada cronofotografía, a 12 imágenes por segundo, y publicó las fotos en la revista Comptes Rendus. Las imágenes mostraban que el animal no giraba al comienzo de la caída y, aun así, terminaba derecho. Eso descartaba la idea de que tomaba impulso en la mano que lo soltaba y planteaba un enigma: por la conservación del momento angular, un cuerpo que cae sin girar no debería poder empezar a girar solo en el aire.

La clave es que el gato no es un bloque rígido. Dobla el cuerpo por la mitad y hace que la parte delantera y la trasera giren alrededor de ejes distintos, en sentidos opuestos. La física se respeta, porque los giros se compensan, pero el resultado final es una rotación de todo el cuerpo.

  • El gato dobla la columna para que la parte delantera y la trasera se muevan por separado.
  • Recoge las patas delanteras y estira las traseras: la parte de adelante gira mucho, hasta unos 90 grados, mientras la de atrás gira poco en sentido contrario.
  • Luego invierte: estira las delanteras y recoge las traseras, y ahora es la parte de atrás la que alcanza a la de adelante.
  • Si hace falta, repite el ciclo hasta completar media vuelta y prepara las patas para el impacto.

La altura importa, y las caídas siempre lastiman

El estudio más citado sobre el tema se publicó en 1987 en el Journal of the American Veterinary Medical Association. Analizó 132 gatos atendidos en el Animal Medical Center de Nueva York tras caer de edificios. Alrededor del 90 % sobrevivió, pero muchos sufrieron lesiones graves. Los autores observaron que las heridas aumentaban con la altura hasta el séptimo piso y después disminuían, y propusieron que, tras varios pisos, el gato alcanza su velocidad máxima de caída, se relaja y extiende el cuerpo, lo que repartiría mejor el impacto.

Esa conclusión es discutida. Los gatos que morían en el acto rara vez llegaban al veterinario y, por lo tanto, no se contaban, un sesgo que puede hacer que las caídas más altas parezcan menos peligrosas de lo que son. Un estudio de 2003, con 119 gatos, asoció las caídas desde el séptimo piso o más arriba con lesiones más graves. Las caídas bajas también son peligrosas: el gato puede no tener tiempo de completar el giro, y hay casos de heridas por caídas desde un segundo piso.

Las lesiones más comunes

Los veterinarios llaman a este cuadro síndrome del gato paracaidista. Según hospitales y organizaciones de protección animal de Estados Unidos, las heridas más frecuentes incluyen fracturas de mandíbula y dientes, lesiones en el tórax y los pulmones, fracturas en las patas y la pelvis, y hemorragias internas. Algunos de estos problemas no se notan enseguida, por eso un gato que cayó desde una altura considerable debe ir al veterinario de inmediato, aunque parezca estar bien.

Cómo proteger a su gato

Los gatos tienen poco miedo a las alturas, se distraen con pájaros e insectos y pueden aferrarse a la corteza de un árbol, pero no a un alféizar liso de concreto o aluminio. Veterinarios y organizaciones de protección animal recomiendan instalar redes o mallas de protección firmes en todas las ventanas, balcones y terrazas a las que el gato tenga acceso. Las rejas de seguridad pensadas para niños no alcanzan, porque un gato puede pasar entre los barrotes. Las ventanas sin malla deben permanecer cerradas.

En resumen: el gato cae de pie gracias a un reflejo que se forma en sus primeras semanas de vida y a un cuerpo flexible que gira en dos partes sin violar ninguna ley de la física. Pero esa habilidad solo garantiza la postura del aterrizaje, no su seguridad. Las mallas en las ventanas y la atención a los balcones protegen mucho más que cualquier reflejo.

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