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Cuerpo humano

Por qué sentimos cosquillas y no podemos hacérnoslas a nosotros mismos

Las cosquillas dependen de la sorpresa. Cuando movemos nuestra propia mano, el cerebro predice el contacto y lo atenúa, y experimentos con robots mostraron cómo funciona ese mecanismo.

Redacción Curious Mundi · 3 de noviembre de 2026

Ilustración de una pluma blanca que toca la planta de un pie, con líneas de movimiento y estrellas junto a los dedos.

Intenta hacerte cosquillas en la planta del pie y casi no pasa nada. Basta con que otra persona repita el mismo movimiento para que te retuerzas de risa. La diferencia no está en la piel, que es la misma, sino en el cerebro: sabe lo que va a hacer tu mano y se prepara para ello. Este truco también muestra cómo distinguimos lo que hacemos de lo que nos sucede.

Hay dos tipos de cosquillas

En 1897, los psicólogos estadounidenses G. Stanley Hall y Arthur Allin propusieron dividir las cosquillas en dos categorías, con nombres de origen griego que todavía se usan. Parecen lo mismo, pero provocan reacciones muy distintas.

  • Knismesis: el roce suave, como una pluma o un insecto que camina por la piel. Produce picazón o un escalofrío, rara vez risa, y podemos provocárnosla a nosotros mismos. Muchos animales reaccionan a este tipo de estímulo.
  • Gargalesis: la presión más firme y repetida en zonas sensibles, como las costillas, las axilas y las plantas de los pies. Es la que hace reír y, en general, no funciona cuando intentamos hacérnosla. Se ha descrito en humanos y otros primates.

El cerebro predice su propio contacto

Cada vez que el cerebro envía una orden de movimiento, también genera una predicción de las sensaciones que ese movimiento causará. Los neurocientíficos lo llaman modelo interno o modelo predictivo. Cuando la sensación real coincide con la prevista, se atenúa; cuando no coincide, destaca. Tiene lógica: así el cerebro no gasta esfuerzo en lo que él mismo provocó y se mantiene atento a lo que viene de fuera.

En 1998, la neurocientífica Sarah-Jayne Blakemore y sus colegas Daniel Wolpert y Chris Frith, del University College London, publicaron en la revista Nature Neuroscience un estudio con resonancia magnética funcional. La corteza somatosensorial, que procesa el tacto, y la corteza cingulada anterior, vinculada a lo agradable de la sensación, se activaban menos cuando la propia persona se tocaba. El cerebelo, región que supervisa los movimientos, aparecía como pieza clave: ayudaría a predecir la sensación y a cancelar la respuesta de las otras áreas.

El experimento del robot

En 1999, en el Journal of Cognitive Neuroscience, el mismo grupo usó un brazo robótico para poner a prueba la idea. Los voluntarios movían una palanca con la mano izquierda y el robot transmitía ese movimiento a un estímulo suave que tocaba la palma de la mano derecha. Cuando el contacto seguía el movimiento con exactitud, la sensación era débil. Pero cuando los investigadores introducían un retraso de 100 o 200 milisegundos, o desviaban la dirección del contacto 30, 60 o 90 grados, los participantes sentían el estímulo cada vez más cosquilloso. Cuanto mayor era la diferencia entre lo previsto y lo real, más intensa era la sensación.

Otro estudio de 1999, de Christine Harris y Nicholas Christenfeld, de la Universidad de California en San Diego, mostró que no hace falta otra persona. Treinta y cinco voluntarios recibieron cosquillas del investigador y de una supuesta máquina automática, y reaccionaron de forma muy parecida en ambos casos. Lo que importa es que el contacto sea impredecible o esté fuera de nuestro control.

Cuando la predicción falla

Un estudio de 2000, publicado en la revista Psychological Medicine, comparó a personas con y sin ciertos síntomas psiquiátricos. Los pacientes que oían voces o sentían que sus actos eran controlados por otros no percibían el contacto propio como más débil que el externo. Los voluntarios sin esos síntomas, incluidos otros pacientes psiquiátricos, mostraban la diferencia habitual. Para los autores, esto sugiere una falla en el automonitoreo: al cerebro le cuesta reconocer lo que él mismo produce.

¿Para qué sirven las cosquillas?

Aquí entramos en el terreno de las hipótesis. Para la knismesis, una explicación común es la defensa: el roce suave llama la atención sobre insectos y parásitos en la piel. Para la gargalesis, muchos investigadores apuestan por una función social, ligada al juego y a los lazos entre padres e hijos. Las ratas respaldan esa idea. Desde los trabajos de Jaak Panksepp se sabe que emiten llamadas ultrasónicas cuando reciben cosquillas de humanos. En 2016, Shimpei Ishiyama y Michael Brecht, de la Universidad Humboldt de Berlín, mostraron en la revista Science que neuronas de la corteza somatosensorial de estos animales responden a las cosquillas y al juego, y que las ratas ansiosas se vuelven menos cosquillosas.

En resumen, las cosquillas dependen de la sorpresa. El cerebelo y otras áreas predicen el contacto que nosotros mismos causamos y reducen la sensación, por eso hacerse cosquillas casi no funciona. Ese mismo sistema de predicción nos permite distinguir nuestras acciones de las de los demás. Y conviene recordar que no a todo el mundo le gustan las cosquillas: si alguien pide que pares, es momento de parar.

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